Florencia: el turismo absurdo y los mitos hechos piedra

Me despierto antes que el despertador, tras una extraña pesadilla en la que un mendigo insiste en querer ser actor y, no sé por qué, unos cuantos huímos con él. Es de esos sueños absurdos que si uno no anota al despertar, no va a recordar nunca jamás. Realmente me siento estúpido ofreciendo a mis lectores esta esperpéntica sinopsis, pero es lo que hay.

Desayunamos con los padres de Lorenzo. Les cuento algunas anécdotas sobre el rodaje de El cuaderno de Sara, en el que tuve el lujo de trabajar. Afrontamos el día con la inmensa ilusión de ir a conocer, por primera vez -también Lorenzo-, ¡Florencia!

El padre de Lorenzo nos acerca en coche hasta la estación de Padua. Allí nos toman la temperatura con una imprecisa pistola comprada por Amazon y, una vez sentado en el tren, me pongo a escuchar música italiana aleatoria que me sugiere Spotify. Escribo a mi madre pidiéndole que me mande fotos de las páginas de La sombra del viento que me toca leer. En una muestra de paciencia y amor maternal, ella lo hace, y mi viaje en tren se vuelve mucho más ameno. Menos mal, porque este tren Padua-Florencia me está costando más caro que el avión Barcelona-Venecia.

Nos dan la bienvenida un montón de caóticos raíles de tranvía que hacen que el paso de la estación a la calle principal se convierta en toda una gesta. La soleada ciudad ya se percibe bien llena de turistas, aunque los toscanos locales se esmeran en hacerse notar.

Coglione, il semaforo! –ataca un local a un turista. Acto seguido, el autor del exabrupto se queda hablando solo.

Pasamos por la catedral (en la que ya tendremos tiempo de extasiarnos más adelante) y por la réplica del David de Michelangelo (que nos cansaremos de ver durante estos días), y llegamos al Corso dei Tintori, donde se encuentra la casa de mi amiga Agnese, donde nos vamos a alojar. Agnese ha tenido el extraordinario detalle de ofrecernos su casa, en pleno centro histórico de la ciudad… aun cuando ni ella ni su familia van a estar allí.

Una vecina, previamente reclutada, nos da las llaves del piso de Agnese, y cuando cruzamos la puerta del mismo tenemos la sensación de estar atravesando el espejo de Alicia en el país de las maravillas. La casa de Agnese, tan florentina y auténtica, es prácticamente un museo en sí misma. Por doquier se amontonan muñecos, pósters y fotos, murales, cojines, souvenirs e infinidad de artículos de varios lustros atrás.

Agnese, nuestra tele-anfitriona, nos manda un detallado audio con varios consejos para pasar estos días en su preciosa ciudad. Nos tomamos un agua frizzante, cortesía de una máquina muy curiosa que hay en casa, mientras descartamos la idea de ir mañana a Siena. Quien mucho abarca, poco aprieta, y ya bastante trabajo tendremos con ver una pequeña parte de Florencia.

Bajamos a la calle con la intención de comer y nos encontramos con una cola kilométrica que se origina en la puerta del emblemático All’ Antico Vinaio, ¿El motivo? Sus famosos paninos y schiacciatas. Centenares de turistas sometidos a la crueldad del sol de agosto están perdiendo cerca de una hora para, simplemente, poder decir que han comido en el famoso establecimiento.

– No tiene ningún sentido, tío –dice Lorenzo, y estoy completamente de acuerdo.

Justo en el lado opuesto de este local, hay otro que también nos han recomendado. Se llama La Fettunta. Nos asomamos dentro: no hay, literalmente, ningún cliente. Pedimos un par de schiacciatas (escogemos el “balordo”, aunque el “ignorante” nos tienta por el nombre) a seis euros cada una. Son unos bocadillos enormes rellenos de productos frescos y sabrosos. Tan pronto como les damos un mordisco caemos en la cuenta de que hemos acertado de lleno: no hemos perdido ni un minuto de tiempo y estamos disfrutando de un manjar que seguro que no será muy distinto al del lugar de enfrente.

Terminamos de comer en silencio, sentados en la Piazzale degli Uffici. Yo tengo la garganta algo resentida, pero espero que este bombazo de calorías me ayude a hacerlo todo más llevadero. Justo a nuestro lado hay dos italianas que comen exactamente lo mismo, con la única diferencia de que en el envoltorio aparece “All’ Antico Vinaio” y que habrán tenido que esperar entre media hora y dos horas para comprarlo. Lo que decíamos: turismo absurdo.

Esquivamos el charco de aceite que dejamos a nuestros pies, nos embadurnamos de gel desinfectante y buscamos una breve audioguía por internet que nos ubique un poco. Nos enteramos de que estamos en la Piazza della Signoria, cuyo nombre ya hace suponer que no es precisamente el extrarradio. Justo enfrente, custodiado por la famosa réplica del David, está el Palazzo Vecchio, que empezó a serlo cuando los Medici se cansaron de él y se fueron a otro –todavía– más lujoso. Justo al lado está la Loggia della Signoria, un porche cubierto pensado para diversas ceremonias para mantener algunas obras de arte a cubierto. En efecto, a día de hoy hay un conjunto de esculturas a cada cual más alta e imponente.

Hacemos cola para entrar en la Loggia, ya que el aforo es limitado debido al Covid. Una vez dentro, admiramos una estatua inspirada en Canova (cuya tumba vimos en Venecia) que es fruto de un total de diez años de trabajo. Paciencia tuvo que tener, el hombre. Observamos también una estatua de 1812 que representa a Hércules acabando de rematar al tipo que intentó violar a su mujer. Desde luego no parecía alguien con quien fuera oportuno tener cuentas pendientes. Esta voglia di predominio –según la audioguía– la apreciamos también en la estatua del Ratto delle Savine, y Lorenzo aprovecha para contarme, no sin cierto sarcasmo, la historia de la misma. Supongo que nuestra palabra “picaresca” se queda corta para definir la ocurrencia de los romanos de secuestrar a las mujeres de los sabinos para reproducirse. Suerte que no es más que mitología.

Damos un paseo por los alrededores. Noto que algo me incomoda al andar. Examino el interior de mis zapatos y me doy cuenta de que llevo dentro de uno de ellos el ticket de acceso a la catedral de San Marco, en Venecia. No doy crédito.

Un pequeño coche eléctrico carga su batería enchufado descaradamente al interior de una tienda. Lorenzo y yo pasamos de largo y nos sentamos a digerir la comida frente al Campanile di Giotto. Leemos que Giotto lo diseñó cuando tenía 67 años, con tan mala fortuna de que murió antes de verlo terminado. La conversación vira del gótico florentino del campanario a la saga de videojuegos Assassin’s Creed, que recrea de forma magistral las calles de Venecia y de Florencia. Pasamos un rato viendo las imágenes por internet.

Mientras escuchamos a un músico callejero que toca su propia versión de la eterna banda sonora de Amélie, un furgón con el logotipo de “Misericordia di Firenze” está a punto de llevársenos por delante. Cosas de la vida.

Bordeamos la catedral de Santa Maria del Fiore mientras leemos la popular leyenda del concurso de poner un huevo en vertical que, según dicen, ganó Brunelleschi con algo tan sencillo como romper un poco uno de los extremos del huevo. La misma ocurrencia se atribuye, por lo visto, a Colón. Nos detenemos frente al baptisterio de Juan Bautista, el patrono de la ciudad, una muestra de románico del siglo XI que existía antes que la propia catedral. Leemos que Lorenzo Ghoberti, el arquitecto, se tiró 25 años para hacer la puerta del baptisterio, la famosa Puerta del Paraíso. Con la calma.

Trasteo con mi móvil y recuerdo que tengo instalada, desde hace un mes, la aplicación Geocaching, una suerte de Pokémon-Go pero de objetos reales que otras personas esconden por todos los rincones del mundo. Con curiosidad lo abro, y veo que tenemos un cach muy cerca de donde estamos, junto a la iglesia de San Lorenzo.

– Mira, ¡tiene que ser aquí! –Lorenzo señala a un hueco que hay junto a una verja de la iglesia.

En efecto, no tarda en localizar una pequeña cápsula de plástico con un papel arrugado en el interior, en el que otros exploradores han firmado la fecha de sus respectivos hallazgos.

– ¿Tú llevas boli encima?
– No…

Así que nada, nos conformamos con una foto.

Lorenzo y nuestro hallazgo de Geocaching.

Asomamos la cabeza dentro de San Lorenzo, lo justo para apreciar los ostentosos ornamentos del interior y, también, el desorbitado precio de la entrada. Retiramos la cabeza de inmediato.

Andamos por la Via Camillo Cavour, presenciando cómo un repartidor de Amazon lanza un paquete que el destinatario caza al vuelo, como si fuera el trato más normal entre una multinacional y sus clientes. Los tiempos están cambiando. Sino que se lo digan a Tutankamón, en memoria del cual han montado una exposición que seguro que merecería la pena ver, lástima que se nos ocurran mil formas mejores de gastarnos 24 euros por persona.

San Lorenzo. Foto tomada por Lorenzo.

Publicado por jmangles

Comunicador. Escribo y trabajo en audiovisuales! Más sobre mí en www.jmangles.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu página web en WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: